Portada de comprensión lectora EXANI-II con lecturas de ensayo, cuento, poema y noticia

Comprensión Lectora EXANI-II 2026: Lecturas y Simulador

Lecturas tipo EXANI-II: ensayo, cuento, poema y noticia con preguntas resueltas

Actualizado: 5 de octubre de 2026 · Revisado por Dra. Ana Laura Silva

Practica la comprensión lectora del EXANI-II 2026 con lecturas completas tipo CENEVAL: ensayo, artículo de opinión, cuento, poema, noticia y documento administrativo, cada una con sus preguntas resueltas.

Aprende a identificar, interpretar y evaluar un texto como lo pide el examen y mide tu nivel con un simulador gratis.

30reactivos en el examen
3ámbitos de lectura
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Lecturas tipo EXANI-II

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CENEVAL - EXANI-II

Portada de comprensión lectora EXANI-II con lecturas de ensayo, cuento, poema y noticia

Simulador Comprensión lectora EXANI-II: Reactivos Apegados al Temario Oficial

Practica comprensión lectora del EXANI-II. Lecturas completas de los tres ámbitos del temario oficial: estudio, literario y participación social.

⏱️ Parámetros de la prueba

  • Extensión: 20 reactivos de tres opciones de respuesta.
  • ⏳ Sin límite de tiempo: contesta con calma y con honestidad, sin buscar las respuestas y, en lo posible, sin contestar al azar, para que tu resultado refleje lo que realmente sabes. Al terminar verás cuánto tardaste.
  • Banco dinámico: cada día el sistema elige otras preguntas del banco, para que practiques sin repetir el mismo examen.

📚 Qué evalúa

  • 1. Ámbito de estudio:
    Artículo de opinión y ensayo académico: tesis, argumentos, propósito y función de cada párrafo.
  • 2. Ámbito literario:
    Cuento y poema: narrador, conflicto, figuras retóricas y sentido del texto.
  • 3. Participación social:
    Noticia y documento administrativo: datos, requisitos, plazos e inferencias.

🏆 Cómo leer tu resultado

En el EXANI-II son 30 reactivos de comprensión lectora. Busca más de 80 % de aciertos y lee siempre el texto completo.

📌 Consideraciones

Lee primero la pregunta y después busca la evidencia en el texto.

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Relaciona la frase con la pregunta de la niña sobre el próximo sábado.

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La última función

Don Aurelio llegó al cine Colonial una hora antes, como cada sábado durante cuarenta años. Barrió el vestíbulo aunque nadie lo había ensuciado, encendió los focos de la marquesina —tres seguían fundidos desde el invierno— y subió a la cabina de proyección con la lata de la película bajo el brazo.

Esa noche no habría más funciones. El dueño había vendido el edificio y el lunes llegarían las máquinas para convertirlo en estacionamiento. «Ya nadie viene, Aurelio», le había dicho, sin mirarlo, al entregarle el último sobre con su pago.

A las ocho en punto, el viejo apagó las luces de la sala. Desde la pequeña ventana de la cabina vio las butacas vacías, alineadas como un público paciente que espera algo que no termina de llegar. Montó el rollo con la misma lentitud cuidadosa de siempre y echó a andar el proyector. El haz de luz atravesó la oscuridad y la pantalla se llenó de un mar en blanco y negro.

A mitad de la película escuchó la puerta del fondo. Una niña se asomó, dudó y se sentó en la primera fila. Más tarde entró un hombre con uniforme de mesero; luego, dos ancianas tomadas del brazo. Nadie había anunciado nada. Quizá vieron la marquesina encendida; quizá solo pasaban por ahí.

Cuando terminó la cinta, Don Aurelio no encendió las luces de inmediato. Esperó a que el último personaje desapareciera de la pantalla y, en ese silencio, oyó algo que no escuchaba desde hacía años: un aplauso breve, tímido, de cuatro personas.

Bajó despacio. En el vestíbulo, la niña le preguntó si el próximo sábado habría otra película. El viejo miró la marquesina, con sus tres focos fundidos, y por primera vez en la noche sonrió.

—Habrá que cambiar esos focos —dijo.

La frase final «Habrá que cambiar esos focos» sugiere que Don Aurelio:

Analiza por separado el artículo 6 (parcela sin cultivar) y el artículo 7 (amonestaciones).

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Reglamento del Huerto Comunitario «La Esperanza»

La Asamblea Vecinal de la colonia Lomas del Valle, con el propósito de fomentar la producción de alimentos sanos, la convivencia y el cuidado del espacio público, emite el presente reglamento, de observancia obligatoria para todas las personas que participen en el huerto ubicado en el antiguo predio baldío de la calle Fresno.

Capítulo I. De las personas participantes
Artículo 1. Podrá solicitar una parcela cualquier persona mayor de edad que acredite domicilio en la colonia mediante un comprobante con antigüedad no mayor a tres meses. Las personas menores de edad podrán participar únicamente acompañadas por un adulto responsable inscrito.
Artículo 2. Cada familia podrá tener asignada una sola parcela de 2 × 3 metros. Las parcelas se otorgarán por orden de registro; cuando la demanda supere la disponibilidad, se formará una lista de espera.

Capítulo II. De las obligaciones
Artículo 3. Cada participante deberá cubrir al menos dos turnos mensuales de cuatro horas en las áreas comunes (composta, pasillos y sistema de riego), además del cuidado de su propia parcela.
Artículo 4. Queda prohibido el uso de plaguicidas y fertilizantes sintéticos. Solo se permitirán preparados naturales aprobados por la Comisión del Huerto.
Artículo 5. El agua de riego se distribuirá por horario: las parcelas con número par regarán los lunes, miércoles y viernes; las de número impar, los martes, jueves y sábados. Los domingos el riego queda suspendido, salvo en temporada de calor extremo, cuando la Comisión lo autorice por escrito.

Capítulo III. De las sanciones
Artículo 6. La parcela que permanezca sin cultivar durante más de cuarenta y cinco días naturales consecutivos, sin aviso previo a la Comisión, será reasignada a la primera persona de la lista de espera.
Artículo 7. El incumplimiento de los turnos comunitarios dará lugar a una amonestación por escrito; la acumulación de tres amonestaciones en un periodo de seis meses implicará la pérdida de la parcela.

Capítulo IV. Disposiciones generales
Artículo 8. Lo cosechado en cada parcela pertenece a quien la cultiva. Lo producido en las áreas comunes se repartirá en partes iguales entre quienes hayan cumplido sus turnos o se donará al comedor comunitario, según lo decida la asamblea mensual.
Artículo 9. Los casos no previstos en este reglamento serán resueltos por la Comisión del Huerto y ratificados en la asamblea mensual siguiente.

Las solicitudes de inscripción se recibirán en la caseta de vigilancia de la colonia, los sábados de 9:00 a 13:00 horas, presentando identificación oficial y el comprobante de domicilio señalado en el artículo 1.

Rosa dejó de cultivar su parcela durante cincuenta días consecutivos porque salió de viaje, pero antes de irse avisó por escrito a la Comisión. Además, en los últimos seis meses ha recibido dos amonestaciones por faltar a sus turnos. Según el reglamento, ¿cuál es su situación?

Observa cómo empieza el párrafo («Es cierto que…») y qué hace el autor después del «Sin embargo».

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Bicicletas públicas: una inversión que se paga sola

Cada vez que una ciudad mediana anuncia un sistema de bicicletas públicas, aparece la misma objeción: «Eso funciona en las capitales, no aquí». Conviene revisar el argumento con cifras. En una ciudad de 400 mil habitantes, más de la mitad de los viajes diarios son menores a cinco kilómetros, una distancia que en bicicleta se recorre en unos veinte minutos. Es decir, buena parte de los traslados que hoy congestionan las avenidas podría hacerse sin motor.

El costo inicial no es menor: estaciones, unidades y mantenimiento. Pero hay que compararlo con lo que ya pagamos sin notarlo: horas perdidas en el tráfico, gasto en combustible y enfermedades asociadas al sedentarismo y a la contaminación. Una bicicleta compartida puede usarse por varias personas al día; un lugar de estacionamiento, en cambio, suele ocuparlo un solo automóvil durante horas.

Es cierto que la bicicleta no resuelve todo. Las pendientes pronunciadas, las lluvias intensas y la falta de ciclovías seguras desalientan a muchos usuarios. Sin embargo, esas dificultades no son razones para descartar el sistema, sino condiciones para diseñarlo bien: estaciones cerca del transporte público, carriles confinados en las rutas principales y unidades con asistencia eléctrica en las zonas altas.

La pregunta, por lo tanto, no es si una ciudad mediana puede darse el lujo de tener bicicletas públicas, sino cuánto le cuesta seguir sin ellas.

¿Qué función cumple el tercer párrafo en la argumentación?

Pregúntate qué idea general ilustra ese objeto concreto.

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«Manos que remiendan»: una exposición que se queda corta

El Museo de Historia Regional inauguró hace unas semanas «Manos que remiendan», una exposición dedicada a los oficios de reparación: relojería, zapatería, tapicería, compostura de radios y encuadernación. La propuesta llega en buen momento. En una época en que casi todo se sustituye en lugar de arreglarse, recordar que durante generaciones las familias hicieron durar sus objetos parece, además de nostálgico, necesario.

La primera sala es la más lograda. Los curadores reconstruyeron el taller de un relojero con su mesa original, sus lupas, sus pinzas diminutas y un cajón lleno de engranes clasificados en frascos de vidrio. Un video muestra, en tiempo real, cómo se desarma y limpia un reloj de bolsillo; el visitante descubre que el proceso tarda casi tres horas y exige una paciencia que pocos trabajos actuales piden. Las cédulas son breves, claras y evitan el tono solemne que a menudo aleja al público joven.

El problema comienza en las salas siguientes. Los demás oficios aparecen representados casi exclusivamente por herramientas colocadas en vitrinas, sin explicación de cómo se usaban ni de quiénes las usaban. Una horma de zapatero, separada de las manos que la trabajaron, es apenas un trozo de madera curiosa. Se echa de menos la voz de los propios artesanos: bastarían algunos testimonios grabados para que esas piezas recuperaran su sentido. Resulta paradójico que una muestra sobre el trabajo humano termine pareciendo un inventario de objetos.

Tampoco convence el cierre. La última sala presenta un mural con la frase «Reparar es resistir» y una pantalla que invita al visitante a «comprometerse con el consumo responsable». La intención es noble, pero el salto es demasiado brusco: después de un recorrido que apenas explicó el valor económico y social de estos oficios, la consigna suena más a eslogan que a conclusión. Habría sido más eficaz mostrar datos sobre cuántos talleres cerraron en la región o cuántos objetos terminan en la basura por fallas que podrían corregirse.

Con todo, la exposición merece la visita, sobre todo por su primera sala y por el taller sabatino en el que un encuadernador enseña a coser cuadernos a mano, actividad que agota su cupo cada semana. «Manos que remiendan» abre una conversación importante; lástima que, como algunos de los objetos que exhibe, haya quedado a medio arreglar.

¿Para qué menciona el autor la horma de zapatero en el tercer párrafo?

Combina la información del último párrafo con lo que exige el artículo 1.

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Reglamento del Huerto Comunitario «La Esperanza»

La Asamblea Vecinal de la colonia Lomas del Valle, con el propósito de fomentar la producción de alimentos sanos, la convivencia y el cuidado del espacio público, emite el presente reglamento, de observancia obligatoria para todas las personas que participen en el huerto ubicado en el antiguo predio baldío de la calle Fresno.

Capítulo I. De las personas participantes
Artículo 1. Podrá solicitar una parcela cualquier persona mayor de edad que acredite domicilio en la colonia mediante un comprobante con antigüedad no mayor a tres meses. Las personas menores de edad podrán participar únicamente acompañadas por un adulto responsable inscrito.
Artículo 2. Cada familia podrá tener asignada una sola parcela de 2 × 3 metros. Las parcelas se otorgarán por orden de registro; cuando la demanda supere la disponibilidad, se formará una lista de espera.

Capítulo II. De las obligaciones
Artículo 3. Cada participante deberá cubrir al menos dos turnos mensuales de cuatro horas en las áreas comunes (composta, pasillos y sistema de riego), además del cuidado de su propia parcela.
Artículo 4. Queda prohibido el uso de plaguicidas y fertilizantes sintéticos. Solo se permitirán preparados naturales aprobados por la Comisión del Huerto.
Artículo 5. El agua de riego se distribuirá por horario: las parcelas con número par regarán los lunes, miércoles y viernes; las de número impar, los martes, jueves y sábados. Los domingos el riego queda suspendido, salvo en temporada de calor extremo, cuando la Comisión lo autorice por escrito.

Capítulo III. De las sanciones
Artículo 6. La parcela que permanezca sin cultivar durante más de cuarenta y cinco días naturales consecutivos, sin aviso previo a la Comisión, será reasignada a la primera persona de la lista de espera.
Artículo 7. El incumplimiento de los turnos comunitarios dará lugar a una amonestación por escrito; la acumulación de tres amonestaciones en un periodo de seis meses implicará la pérdida de la parcela.

Capítulo IV. Disposiciones generales
Artículo 8. Lo cosechado en cada parcela pertenece a quien la cultiva. Lo producido en las áreas comunes se repartirá en partes iguales entre quienes hayan cumplido sus turnos o se donará al comedor comunitario, según lo decida la asamblea mensual.
Artículo 9. Los casos no previstos en este reglamento serán resueltos por la Comisión del Huerto y ratificados en la asamblea mensual siguiente.

Las solicitudes de inscripción se recibirán en la caseta de vigilancia de la colonia, los sábados de 9:00 a 13:00 horas, presentando identificación oficial y el comprobante de domicilio señalado en el artículo 1.

¿Qué documentos debe presentar una persona adulta que desea inscribirse para obtener una parcela?

Compara la situación antes y después de que entran a la sala.

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La última función

Don Aurelio llegó al cine Colonial una hora antes, como cada sábado durante cuarenta años. Barrió el vestíbulo aunque nadie lo había ensuciado, encendió los focos de la marquesina —tres seguían fundidos desde el invierno— y subió a la cabina de proyección con la lata de la película bajo el brazo.

Esa noche no habría más funciones. El dueño había vendido el edificio y el lunes llegarían las máquinas para convertirlo en estacionamiento. «Ya nadie viene, Aurelio», le había dicho, sin mirarlo, al entregarle el último sobre con su pago.

A las ocho en punto, el viejo apagó las luces de la sala. Desde la pequeña ventana de la cabina vio las butacas vacías, alineadas como un público paciente que espera algo que no termina de llegar. Montó el rollo con la misma lentitud cuidadosa de siempre y echó a andar el proyector. El haz de luz atravesó la oscuridad y la pantalla se llenó de un mar en blanco y negro.

A mitad de la película escuchó la puerta del fondo. Una niña se asomó, dudó y se sentó en la primera fila. Más tarde entró un hombre con uniforme de mesero; luego, dos ancianas tomadas del brazo. Nadie había anunciado nada. Quizá vieron la marquesina encendida; quizá solo pasaban por ahí.

Cuando terminó la cinta, Don Aurelio no encendió las luces de inmediato. Esperó a que el último personaje desapareciera de la pantalla y, en ese silencio, oyó algo que no escuchaba desde hacía años: un aplauso breve, tímido, de cuatro personas.

Bajó despacio. En el vestíbulo, la niña le preguntó si el próximo sábado habría otra película. El viejo miró la marquesina, con sus tres focos fundidos, y por primera vez en la noche sonrió.

—Habrá que cambiar esos focos —dijo.

¿Qué función cumple en el relato la llegada de los cuatro espectadores?

Revisa las tres condiciones del registro: fechas, días de la semana y horario.

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Ayuntamiento de Villa Esperanza · Dirección de Educación
Convocatoria al Apoyo de Transporte Escolar

Objetivo: otorgar un apoyo económico mensual de $600 para el transporte de estudiantes de bachillerato y licenciatura que residen en el municipio.

Requisitos:
1. Tener entre 15 y 24 años cumplidos a la fecha de registro.
2. Estar inscrito en una escuela pública de nivel medio superior o superior.
3. Comprobar residencia en el municipio con un recibo de luz, agua o teléfono con antigüedad no mayor a tres meses.
4. Tener un promedio mínimo de 8.0 en el último periodo cursado. Quienes acrediten una discapacidad podrán participar con un promedio mínimo de 7.0.

Registro: del 3 al 14 de febrero, de lunes a viernes, de 9:00 a 15:00 horas, en la ventanilla de la Dirección de Educación. No se recibirán expedientes incompletos.

Resultados: se publicarán el 28 de febrero en los estrados del Ayuntamiento y en su página oficial. El apoyo se entregará de marzo a julio, siempre que el beneficiario mantenga su inscripción vigente.

Los casos no previstos en esta convocatoria serán resueltos por el Comité de Becas.

Un estudiante acude a registrarse el sábado 8 de febrero a las 10:00 horas. ¿Qué ocurrirá?

Observa a quién se le atribuye tener «lomo» y «llevar a cuestas».

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Río

Bajo el puente, el río no se detiene:
arrastra hojas, voces, calendarios,
y en su lomo de agua lleva a cuestas
la tarde entera que se va sin prisa.

Yo lo miraba niño desde la orilla
creyendo que era siempre el mismo río;
hoy sé que nunca vuelve el agua que pasa,
que también yo soy otro cada día.

Pero el río regresa en la memoria
con el mismo rumor de aquella tarde,
y en ese ir y volver que no termina
aprendo que perder también es guardar.

En los versos «y en su lomo de agua lleva a cuestas / la tarde entera», el poeta:

Determina si 14 es par o impar y revisa el artículo 5 con cuidado.

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Reglamento del Huerto Comunitario «La Esperanza»

La Asamblea Vecinal de la colonia Lomas del Valle, con el propósito de fomentar la producción de alimentos sanos, la convivencia y el cuidado del espacio público, emite el presente reglamento, de observancia obligatoria para todas las personas que participen en el huerto ubicado en el antiguo predio baldío de la calle Fresno.

Capítulo I. De las personas participantes
Artículo 1. Podrá solicitar una parcela cualquier persona mayor de edad que acredite domicilio en la colonia mediante un comprobante con antigüedad no mayor a tres meses. Las personas menores de edad podrán participar únicamente acompañadas por un adulto responsable inscrito.
Artículo 2. Cada familia podrá tener asignada una sola parcela de 2 × 3 metros. Las parcelas se otorgarán por orden de registro; cuando la demanda supere la disponibilidad, se formará una lista de espera.

Capítulo II. De las obligaciones
Artículo 3. Cada participante deberá cubrir al menos dos turnos mensuales de cuatro horas en las áreas comunes (composta, pasillos y sistema de riego), además del cuidado de su propia parcela.
Artículo 4. Queda prohibido el uso de plaguicidas y fertilizantes sintéticos. Solo se permitirán preparados naturales aprobados por la Comisión del Huerto.
Artículo 5. El agua de riego se distribuirá por horario: las parcelas con número par regarán los lunes, miércoles y viernes; las de número impar, los martes, jueves y sábados. Los domingos el riego queda suspendido, salvo en temporada de calor extremo, cuando la Comisión lo autorice por escrito.

Capítulo III. De las sanciones
Artículo 6. La parcela que permanezca sin cultivar durante más de cuarenta y cinco días naturales consecutivos, sin aviso previo a la Comisión, será reasignada a la primera persona de la lista de espera.
Artículo 7. El incumplimiento de los turnos comunitarios dará lugar a una amonestación por escrito; la acumulación de tres amonestaciones en un periodo de seis meses implicará la pérdida de la parcela.

Capítulo IV. Disposiciones generales
Artículo 8. Lo cosechado en cada parcela pertenece a quien la cultiva. Lo producido en las áreas comunes se repartirá en partes iguales entre quienes hayan cumplido sus turnos o se donará al comedor comunitario, según lo decida la asamblea mensual.
Artículo 9. Los casos no previstos en este reglamento serán resueltos por la Comisión del Huerto y ratificados en la asamblea mensual siguiente.

Las solicitudes de inscripción se recibirán en la caseta de vigilancia de la colonia, los sábados de 9:00 a 13:00 horas, presentando identificación oficial y el comprobante de domicilio señalado en el artículo 1.

Según el reglamento, ¿qué día puede regar una persona que tiene asignada la parcela número 14?

Observa si el párrafo agrega una nueva explicación científica o si muestra para qué sirve lo explicado antes.

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La alianza que no vemos bajo el bosque

Cuando caminamos por un bosque solemos fijarnos en los troncos, las hojas y, con suerte, en algún hongo que asoma entre la hojarasca. Pero lo que vemos de un hongo es apenas su fruto; el organismo verdadero es una maraña de filamentos microscópicos, llamados hifas, que recorre el suelo en todas direcciones. Muchas de esas hifas no viven solas: se asocian con las raíces de las plantas en una relación que los biólogos llaman micorriza, palabra que combina los términos griegos para «hongo» y «raíz».

La micorriza es un intercambio. La planta, gracias a la fotosíntesis, produce azúcares y entrega una parte de ellos al hongo, que no puede fabricarlos por sí mismo. A cambio, las hifas, mucho más delgadas y extensas que los pelos de la raíz, exploran un volumen de suelo enorme y absorben agua y nutrientes poco móviles, como el fósforo, que luego transfieren a la planta. Se estima que alrededor de ocho de cada diez especies de plantas terrestres forman este tipo de asociación; algunas, como ciertas orquídeas, ni siquiera logran germinar sin la ayuda de su hongo.

En las últimas décadas, la idea ganó fama fuera de los laboratorios. Se popularizó la imagen de una «internet del bosque»: una red subterránea por la que los árboles viejos alimentarían a los jóvenes y se avisarían unos a otros de las plagas. La metáfora es atractiva, y algunos experimentos sí han detectado el paso de carbono de un árbol a otro a través de hongos compartidos. Sin embargo, varios investigadores han advertido que esos resultados provienen de pocos estudios, realizados en condiciones muy particulares, y que de ellos no puede deducirse que los árboles «cooperen» de manera intencional ni que esa transferencia sea importante para la supervivencia del bosque entero.

La discusión no resta valor a las micorrizas; más bien muestra cómo trabaja la ciencia. Que el intercambio entre hongo y planta existe y es fundamental para la mayoría de los ecosistemas terrestres está ampliamente demostrado. Que los bosques funcionen como una comunidad solidaria conectada por cables vivos es, por ahora, una hipótesis sugerente que necesita más pruebas. Confundir ambas afirmaciones no solo distorsiona el conocimiento: también debilita la confianza en lo que sí sabemos.

Hay, además, una consecuencia práctica. Los programas de reforestación que se limitan a plantar árboles en suelos degradados obtienen con frecuencia malos resultados, porque en esos terrenos los hongos asociados han desaparecido. Algunos viveros ya inoculan las raíces de las plántulas con suelo del bosque original antes de trasplantarlas. Proteger lo que no vemos, en suma, puede ser tan decisivo como cuidar lo que sí vemos.

¿Qué función cumple el último párrafo dentro del texto?

Revisa qué propone el propio autor en el cuarto párrafo como alternativa al eslogan.

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«Manos que remiendan»: una exposición que se queda corta

El Museo de Historia Regional inauguró hace unas semanas «Manos que remiendan», una exposición dedicada a los oficios de reparación: relojería, zapatería, tapicería, compostura de radios y encuadernación. La propuesta llega en buen momento. En una época en que casi todo se sustituye en lugar de arreglarse, recordar que durante generaciones las familias hicieron durar sus objetos parece, además de nostálgico, necesario.

La primera sala es la más lograda. Los curadores reconstruyeron el taller de un relojero con su mesa original, sus lupas, sus pinzas diminutas y un cajón lleno de engranes clasificados en frascos de vidrio. Un video muestra, en tiempo real, cómo se desarma y limpia un reloj de bolsillo; el visitante descubre que el proceso tarda casi tres horas y exige una paciencia que pocos trabajos actuales piden. Las cédulas son breves, claras y evitan el tono solemne que a menudo aleja al público joven.

El problema comienza en las salas siguientes. Los demás oficios aparecen representados casi exclusivamente por herramientas colocadas en vitrinas, sin explicación de cómo se usaban ni de quiénes las usaban. Una horma de zapatero, separada de las manos que la trabajaron, es apenas un trozo de madera curiosa. Se echa de menos la voz de los propios artesanos: bastarían algunos testimonios grabados para que esas piezas recuperaran su sentido. Resulta paradójico que una muestra sobre el trabajo humano termine pareciendo un inventario de objetos.

Tampoco convence el cierre. La última sala presenta un mural con la frase «Reparar es resistir» y una pantalla que invita al visitante a «comprometerse con el consumo responsable». La intención es noble, pero el salto es demasiado brusco: después de un recorrido que apenas explicó el valor económico y social de estos oficios, la consigna suena más a eslogan que a conclusión. Habría sido más eficaz mostrar datos sobre cuántos talleres cerraron en la región o cuántos objetos terminan en la basura por fallas que podrían corregirse.

Con todo, la exposición merece la visita, sobre todo por su primera sala y por el taller sabatino en el que un encuadernador enseña a coser cuadernos a mano, actividad que agota su cupo cada semana. «Manos que remiendan» abre una conversación importante; lástima que, como algunos de los objetos que exhibe, haya quedado a medio arreglar.

Si el museo quisiera atender la crítica que el autor hace al cierre de la exposición, ¿cuál de las siguientes acciones sería la más congruente con la reseña?

Considera lo que ganan ambos personajes con las cartas, no solo doña Herminia.

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Las cartas de doña Herminia

Julián llevaba once años repartiendo el correo en San Isidro de las Lomas, un pueblo tan pequeño que el camino real lo atravesaba de prisa, como si le diera vergüenza detenerse. Conocía cada puerta, cada perro y cada silencio. Por eso sabía que doña Herminia, la mujer de la casa azul junto al lavadero, salía a la ventana todos los lunes a las diez en punto, cuando él pasaba con su bicicleta cargada.

—¿Nada para mí, joven? —preguntaba.

—Hoy no, doña. A lo mejor el lunes que viene.

Ella sonreía con una cortesía que dolía más que una queja y volvía a cerrar la ventana. Julián había revisado los registros de la oficina: en más de cinco años nadie le había escrito. Su único hijo se había ido al norte y, según contaban las vecinas, había dejado de dar noticias.

Una noche de agosto, mientras la lluvia golpeaba el techo de lámina como un puño impaciente, Julián tomó una hoja, se sentó a la mesa de la cocina y empezó a escribir. No firmó con el nombre del hijo, porque le pareció un engaño demasiado cruel. Firmó «Un amigo que la recuerda». Contó cómo florecían las jacarandas de la plaza, cómo había crecido el río después de las tormentas, qué canciones sonaban en la feria. Le preguntó por su salud y por sus macetas.

El lunes siguiente dejó el sobre en la ventana azul. Doña Herminia lo sostuvo entre las manos un largo rato, sin abrirlo, como quien sostiene un pájaro que podría volar.

Desde entonces, cada dos semanas, llegó una carta. Julián se descubrió fijándose en detalles que antes ignoraba: el color del cielo antes del aguacero, el olor del pan en la esquina, la risa de los niños que salían de la escuela. Escribir para ella lo obligaba a mirar el pueblo como si lo viera por primera vez.

En diciembre, al pasar por la casa azul, la encontró esperándolo en la puerta, no en la ventana. Llevaba un sobre en la mano.

—Este es para usted —le dijo—. No tiene estampilla, pero confío en que el cartero sepa entregarlo.

Julián no lo abrió hasta llegar a su casa. Adentro había una sola línea, escrita con letra temblorosa y firme a la vez: «Al amigo que me recuerda: yo también sé quién reparte las cartas los lunes. Gracias por enseñarme a esperarlas otra vez».

Esa noche no escribió nada. Se quedó mucho tiempo mirando por la ventana, aprendiendo, por primera vez, lo que se siente recibir.

¿Cuál es el mensaje principal del cuento?

Busca en el segundo párrafo la decisión del dueño.

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La última función

Don Aurelio llegó al cine Colonial una hora antes, como cada sábado durante cuarenta años. Barrió el vestíbulo aunque nadie lo había ensuciado, encendió los focos de la marquesina —tres seguían fundidos desde el invierno— y subió a la cabina de proyección con la lata de la película bajo el brazo.

Esa noche no habría más funciones. El dueño había vendido el edificio y el lunes llegarían las máquinas para convertirlo en estacionamiento. «Ya nadie viene, Aurelio», le había dicho, sin mirarlo, al entregarle el último sobre con su pago.

A las ocho en punto, el viejo apagó las luces de la sala. Desde la pequeña ventana de la cabina vio las butacas vacías, alineadas como un público paciente que espera algo que no termina de llegar. Montó el rollo con la misma lentitud cuidadosa de siempre y echó a andar el proyector. El haz de luz atravesó la oscuridad y la pantalla se llenó de un mar en blanco y negro.

A mitad de la película escuchó la puerta del fondo. Una niña se asomó, dudó y se sentó en la primera fila. Más tarde entró un hombre con uniforme de mesero; luego, dos ancianas tomadas del brazo. Nadie había anunciado nada. Quizá vieron la marquesina encendida; quizá solo pasaban por ahí.

Cuando terminó la cinta, Don Aurelio no encendió las luces de inmediato. Esperó a que el último personaje desapareciera de la pantalla y, en ese silencio, oyó algo que no escuchaba desde hacía años: un aplauso breve, tímido, de cuatro personas.

Bajó despacio. En el vestíbulo, la niña le preguntó si el próximo sábado habría otra película. El viejo miró la marquesina, con sus tres focos fundidos, y por primera vez en la noche sonrió.

—Habrá que cambiar esos focos —dijo.

¿Por qué esa noche sería la última función del cine Colonial?

Relaciona la frase con la crítica que hace en ese mismo párrafo sobre las vitrinas.

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«Manos que remiendan»: una exposición que se queda corta

El Museo de Historia Regional inauguró hace unas semanas «Manos que remiendan», una exposición dedicada a los oficios de reparación: relojería, zapatería, tapicería, compostura de radios y encuadernación. La propuesta llega en buen momento. En una época en que casi todo se sustituye en lugar de arreglarse, recordar que durante generaciones las familias hicieron durar sus objetos parece, además de nostálgico, necesario.

La primera sala es la más lograda. Los curadores reconstruyeron el taller de un relojero con su mesa original, sus lupas, sus pinzas diminutas y un cajón lleno de engranes clasificados en frascos de vidrio. Un video muestra, en tiempo real, cómo se desarma y limpia un reloj de bolsillo; el visitante descubre que el proceso tarda casi tres horas y exige una paciencia que pocos trabajos actuales piden. Las cédulas son breves, claras y evitan el tono solemne que a menudo aleja al público joven.

El problema comienza en las salas siguientes. Los demás oficios aparecen representados casi exclusivamente por herramientas colocadas en vitrinas, sin explicación de cómo se usaban ni de quiénes las usaban. Una horma de zapatero, separada de las manos que la trabajaron, es apenas un trozo de madera curiosa. Se echa de menos la voz de los propios artesanos: bastarían algunos testimonios grabados para que esas piezas recuperaran su sentido. Resulta paradójico que una muestra sobre el trabajo humano termine pareciendo un inventario de objetos.

Tampoco convence el cierre. La última sala presenta un mural con la frase «Reparar es resistir» y una pantalla que invita al visitante a «comprometerse con el consumo responsable». La intención es noble, pero el salto es demasiado brusco: después de un recorrido que apenas explicó el valor económico y social de estos oficios, la consigna suena más a eslogan que a conclusión. Habría sido más eficaz mostrar datos sobre cuántos talleres cerraron en la región o cuántos objetos terminan en la basura por fallas que podrían corregirse.

Con todo, la exposición merece la visita, sobre todo por su primera sala y por el taller sabatino en el que un encuadernador enseña a coser cuadernos a mano, actividad que agota su cupo cada semana. «Manos que remiendan» abre una conversación importante; lástima que, como algunos de los objetos que exhibe, haya quedado a medio arreglar.

¿Qué quiere decir el autor cuando afirma que la muestra «termine pareciendo un inventario de objetos»?

La tesis suele resumirse en la conclusión; revisa la última oración del texto.

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Lee el texto y responde la pregunta.

Bicicletas públicas: una inversión que se paga sola

Cada vez que una ciudad mediana anuncia un sistema de bicicletas públicas, aparece la misma objeción: «Eso funciona en las capitales, no aquí». Conviene revisar el argumento con cifras. En una ciudad de 400 mil habitantes, más de la mitad de los viajes diarios son menores a cinco kilómetros, una distancia que en bicicleta se recorre en unos veinte minutos. Es decir, buena parte de los traslados que hoy congestionan las avenidas podría hacerse sin motor.

El costo inicial no es menor: estaciones, unidades y mantenimiento. Pero hay que compararlo con lo que ya pagamos sin notarlo: horas perdidas en el tráfico, gasto en combustible y enfermedades asociadas al sedentarismo y a la contaminación. Una bicicleta compartida puede usarse por varias personas al día; un lugar de estacionamiento, en cambio, suele ocuparlo un solo automóvil durante horas.

Es cierto que la bicicleta no resuelve todo. Las pendientes pronunciadas, las lluvias intensas y la falta de ciclovías seguras desalientan a muchos usuarios. Sin embargo, esas dificultades no son razones para descartar el sistema, sino condiciones para diseñarlo bien: estaciones cerca del transporte público, carriles confinados en las rutas principales y unidades con asistencia eléctrica en las zonas altas.

La pregunta, por lo tanto, no es si una ciudad mediana puede darse el lujo de tener bicicletas públicas, sino cuánto le cuesta seguir sin ellas.

¿Cuál es la tesis que defiende el autor?

Compara cómo percibe el pueblo al inicio y después de empezar a escribir las cartas, y lo que aprende en la última escena.

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Lee el texto y responde la pregunta.

Las cartas de doña Herminia

Julián llevaba once años repartiendo el correo en San Isidro de las Lomas, un pueblo tan pequeño que el camino real lo atravesaba de prisa, como si le diera vergüenza detenerse. Conocía cada puerta, cada perro y cada silencio. Por eso sabía que doña Herminia, la mujer de la casa azul junto al lavadero, salía a la ventana todos los lunes a las diez en punto, cuando él pasaba con su bicicleta cargada.

—¿Nada para mí, joven? —preguntaba.

—Hoy no, doña. A lo mejor el lunes que viene.

Ella sonreía con una cortesía que dolía más que una queja y volvía a cerrar la ventana. Julián había revisado los registros de la oficina: en más de cinco años nadie le había escrito. Su único hijo se había ido al norte y, según contaban las vecinas, había dejado de dar noticias.

Una noche de agosto, mientras la lluvia golpeaba el techo de lámina como un puño impaciente, Julián tomó una hoja, se sentó a la mesa de la cocina y empezó a escribir. No firmó con el nombre del hijo, porque le pareció un engaño demasiado cruel. Firmó «Un amigo que la recuerda». Contó cómo florecían las jacarandas de la plaza, cómo había crecido el río después de las tormentas, qué canciones sonaban en la feria. Le preguntó por su salud y por sus macetas.

El lunes siguiente dejó el sobre en la ventana azul. Doña Herminia lo sostuvo entre las manos un largo rato, sin abrirlo, como quien sostiene un pájaro que podría volar.

Desde entonces, cada dos semanas, llegó una carta. Julián se descubrió fijándose en detalles que antes ignoraba: el color del cielo antes del aguacero, el olor del pan en la esquina, la risa de los niños que salían de la escuela. Escribir para ella lo obligaba a mirar el pueblo como si lo viera por primera vez.

En diciembre, al pasar por la casa azul, la encontró esperándolo en la puerta, no en la ventana. Llevaba un sobre en la mano.

—Este es para usted —le dijo—. No tiene estampilla, pero confío en que el cartero sepa entregarlo.

Julián no lo abrió hasta llegar a su casa. Adentro había una sola línea, escrita con letra temblorosa y firme a la vez: «Al amigo que me recuerda: yo también sé quién reparte las cartas los lunes. Gracias por enseñarme a esperarlas otra vez».

Esa noche no escribió nada. Se quedó mucho tiempo mirando por la ventana, aprendiendo, por primera vez, lo que se siente recibir.

¿Qué cambio se produce en Julián a lo largo del cuento?

Pregúntate qué idea del párrafo quiere comprobar el autor con ese experimento.

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Lee el texto y responde la pregunta.

Dormir para aprender

Durante décadas, la escuela trató el sueño como un tiempo muerto: horas que se restaban al estudio. Esa idea empieza a parecer anticuada. Diversas investigaciones en neurociencia coinciden en que, mientras dormimos, el cerebro no se apaga, sino que reorganiza lo vivido durante el día. En las fases de sueño profundo, la información recién adquirida se reactiva y se transfiere a redes de memoria más estables; en la fase de sueño con movimientos oculares rápidos, en cambio, parecen consolidarse las habilidades y establecerse relaciones entre ideas que, despiertos, no habíamos conectado.

Las consecuencias para el estudiante son evidentes. Quien pasa la noche en vela antes de un examen puede llegar con más páginas leídas, pero con menos aprendizaje real: lo que repasó a las tres de la mañana no tuvo oportunidad de fijarse. Algunos experimentos lo ilustran con claridad: dos grupos estudian la misma lista de palabras; uno duerme y el otro permanece despierto el mismo número de horas. Al día siguiente, el primero recuerda más, aunque ambos dedicaron igual tiempo al estudio.

Nada de esto significa que basta con dormir para aprobar. El sueño consolida lo que se estudió; no puede fijar lo que nunca se estudió. Tampoco se trata de dormir mucho una sola noche para compensar una semana de desvelos: la regularidad parece tan importante como la duración.

Si aceptamos lo anterior, la pregunta ya no es cuántas horas le robamos a la noche para estudiar, sino cómo organizamos el estudio para que la noche trabaje a nuestro favor. Repasar de forma espaciada a lo largo de varios días, y no todo en una jornada, multiplica las ocasiones en que el sueño puede hacer su parte.

¿Qué función cumple en el texto el experimento de los dos grupos que estudian la misma lista de palabras?

Piensa en qué documentos forman el expediente según los requisitos.

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Lee el texto y responde la pregunta.

Ayuntamiento de Villa Esperanza · Dirección de Educación
Convocatoria al Apoyo de Transporte Escolar

Objetivo: otorgar un apoyo económico mensual de $600 para el transporte de estudiantes de bachillerato y licenciatura que residen en el municipio.

Requisitos:
1. Tener entre 15 y 24 años cumplidos a la fecha de registro.
2. Estar inscrito en una escuela pública de nivel medio superior o superior.
3. Comprobar residencia en el municipio con un recibo de luz, agua o teléfono con antigüedad no mayor a tres meses.
4. Tener un promedio mínimo de 8.0 en el último periodo cursado. Quienes acrediten una discapacidad podrán participar con un promedio mínimo de 7.0.

Registro: del 3 al 14 de febrero, de lunes a viernes, de 9:00 a 15:00 horas, en la ventanilla de la Dirección de Educación. No se recibirán expedientes incompletos.

Resultados: se publicarán el 28 de febrero en los estrados del Ayuntamiento y en su página oficial. El apoyo se entregará de marzo a julio, siempre que el beneficiario mantenga su inscripción vigente.

Los casos no previstos en esta convocatoria serán resueltos por el Comité de Becas.

¿Qué significa, en la convocatoria, que «no se recibirán expedientes incompletos»?

Busca la idea que el autor defiende en todo el texto, especialmente en el último párrafo, y descarta lo que él mismo matiza.

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Lee el texto y responde la pregunta.

Dormir para aprender

Durante décadas, la escuela trató el sueño como un tiempo muerto: horas que se restaban al estudio. Esa idea empieza a parecer anticuada. Diversas investigaciones en neurociencia coinciden en que, mientras dormimos, el cerebro no se apaga, sino que reorganiza lo vivido durante el día. En las fases de sueño profundo, la información recién adquirida se reactiva y se transfiere a redes de memoria más estables; en la fase de sueño con movimientos oculares rápidos, en cambio, parecen consolidarse las habilidades y establecerse relaciones entre ideas que, despiertos, no habíamos conectado.

Las consecuencias para el estudiante son evidentes. Quien pasa la noche en vela antes de un examen puede llegar con más páginas leídas, pero con menos aprendizaje real: lo que repasó a las tres de la mañana no tuvo oportunidad de fijarse. Algunos experimentos lo ilustran con claridad: dos grupos estudian la misma lista de palabras; uno duerme y el otro permanece despierto el mismo número de horas. Al día siguiente, el primero recuerda más, aunque ambos dedicaron igual tiempo al estudio.

Nada de esto significa que basta con dormir para aprobar. El sueño consolida lo que se estudió; no puede fijar lo que nunca se estudió. Tampoco se trata de dormir mucho una sola noche para compensar una semana de desvelos: la regularidad parece tan importante como la duración.

Si aceptamos lo anterior, la pregunta ya no es cuántas horas le robamos a la noche para estudiar, sino cómo organizamos el estudio para que la noche trabaje a nuestro favor. Repasar de forma espaciada a lo largo de varios días, y no todo en una jornada, multiplica las ocasiones en que el sueño puede hacer su parte.

¿Cuál es la postura del autor?

Fíjate en la palabra que une a las butacas con el «público».

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Lee el texto y responde la pregunta.

La última función

Don Aurelio llegó al cine Colonial una hora antes, como cada sábado durante cuarenta años. Barrió el vestíbulo aunque nadie lo había ensuciado, encendió los focos de la marquesina —tres seguían fundidos desde el invierno— y subió a la cabina de proyección con la lata de la película bajo el brazo.

Esa noche no habría más funciones. El dueño había vendido el edificio y el lunes llegarían las máquinas para convertirlo en estacionamiento. «Ya nadie viene, Aurelio», le había dicho, sin mirarlo, al entregarle el último sobre con su pago.

A las ocho en punto, el viejo apagó las luces de la sala. Desde la pequeña ventana de la cabina vio las butacas vacías, alineadas como un público paciente que espera algo que no termina de llegar. Montó el rollo con la misma lentitud cuidadosa de siempre y echó a andar el proyector. El haz de luz atravesó la oscuridad y la pantalla se llenó de un mar en blanco y negro.

A mitad de la película escuchó la puerta del fondo. Una niña se asomó, dudó y se sentó en la primera fila. Más tarde entró un hombre con uniforme de mesero; luego, dos ancianas tomadas del brazo. Nadie había anunciado nada. Quizá vieron la marquesina encendida; quizá solo pasaban por ahí.

Cuando terminó la cinta, Don Aurelio no encendió las luces de inmediato. Esperó a que el último personaje desapareciera de la pantalla y, en ese silencio, oyó algo que no escuchaba desde hacía años: un aplauso breve, tímido, de cuatro personas.

Bajó despacio. En el vestíbulo, la niña le preguntó si el próximo sábado habría otra película. El viejo miró la marquesina, con sus tres focos fundidos, y por primera vez en la noche sonrió.

—Habrá que cambiar esos focos —dijo.

En la frase «las butacas vacías, alineadas como un público paciente que espera algo que no termina de llegar», el narrador emplea:

La puntuación media es 75%

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Definición oficial

¿Qué Evalúa Comprensión Lectora en el EXANI-II?

El CENEVAL define la comprensión lectora como la habilidad para identificar, interpretar y evaluar la forma y el contenido de textos de estudio, literarios y de participación social. En cada texto te preguntan tres cosas:

Identificación de información

Localizar un dato aunque haya distractores parecidos: quién, cuándo, cuánto, qué requisito.

Interpretación

Comprender el sentido de una frase, un pasaje o el texto completo: la postura del autor, el mensaje de un poema, el tema de una noticia.

Evaluación de la forma y el contenido

Explicar para qué sirve un párrafo, una secuencia narrativa o una figura retórica, o valorar una idea desde fuera del texto.

SubáreaTextosReactivos
Ámbito de estudioArgumentativo-periodístico y ensayo académico12
Ámbito literarioCuento y poema12
Ámbito de participación socialNoticia y documento administrativo6
Total30
Lecturas del examen

Lecturas del EXANI-II: Cuento, Poema, Ensayo y Más

Las lecturas del EXANI-II son textos completos de una a dos cuartillas. Saber qué buscar en cada tipo te ahorra tiempo:

Tipo de textoQué te suelen preguntar
Artículo de opiniónTesis del autor, argumentos que la apoyan y función de cada párrafo.
Ensayo académicoIdea central, objetivo de la investigación, relación causa-efecto.
CuentoNarrador, conflicto, secuencia de hechos y sentido del final.
PoemaMensaje, tono y figuras retóricas (metáfora, símil, personificación, hipérbole).
NoticiaHechos principales, fuente y diferencia entre dato y opinión.
Documento administrativoRequisitos, plazos, destinatarios y procedimiento de una convocatoria o reglamento.
El ámbito literario vale 12 reactivos: el cuento y el poema del EXANI-II pesan tanto como los textos de estudio. Practica leer poesía con calma: pregúntate qué siente la voz poética y por qué usa cada imagen.
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Práctica resuelta

Preguntas de Comprensión Lectora EXANI-II Resueltas

Lee el texto y responde antes de abrir la explicación. Son reactivos originales tipo EXANI-II.

Pregunta 1: Identificación de información: localizar un dato con distractores cercanos
Lee el texto y responde la pregunta.

La alianza que no vemos bajo el bosque

Cuando caminamos por un bosque solemos fijarnos en los troncos, las hojas y, con suerte, en algún hongo que asoma entre la hojarasca. Pero lo que vemos de un hongo es apenas su fruto; el organismo verdadero es una maraña de filamentos microscópicos, llamados hifas, que recorre el suelo en todas direcciones. Muchas de esas hifas no viven solas: se asocian con las raíces de las plantas en una relación que los biólogos llaman micorriza, palabra que combina los términos griegos para «hongo» y «raíz».

La micorriza es un intercambio. La planta, gracias a la fotosíntesis, produce azúcares y entrega una parte de ellos al hongo, que no puede fabricarlos por sí mismo. A cambio, las hifas, mucho más delgadas y extensas que los pelos de la raíz, exploran un volumen de suelo enorme y absorben agua y nutrientes poco móviles, como el fósforo, que luego transfieren a la planta. Se estima que alrededor de ocho de cada diez especies de plantas terrestres forman este tipo de asociación; algunas, como ciertas orquídeas, ni siquiera logran germinar sin la ayuda de su hongo.

En las últimas décadas, la idea ganó fama fuera de los laboratorios. Se popularizó la imagen de una «internet del bosque»: una red subterránea por la que los árboles viejos alimentarían a los jóvenes y se avisarían unos a otros de las plagas. La metáfora es atractiva, y algunos experimentos sí han detectado el paso de carbono de un árbol a otro a través de hongos compartidos. Sin embargo, varios investigadores han advertido que esos resultados provienen de pocos estudios, realizados en condiciones muy particulares, y que de ellos no puede deducirse que los árboles «cooperen» de manera intencional ni que esa transferencia sea importante para la supervivencia del bosque entero.

La discusión no resta valor a las micorrizas; más bien muestra cómo trabaja la ciencia. Que el intercambio entre hongo y planta existe y es fundamental para la mayoría de los ecosistemas terrestres está ampliamente demostrado. Que los bosques funcionen como una comunidad solidaria conectada por cables vivos es, por ahora, una hipótesis sugerente que necesita más pruebas. Confundir ambas afirmaciones no solo distorsiona el conocimiento: también debilita la confianza en lo que sí sabemos.

Hay, además, una consecuencia práctica. Los programas de reforestación que se limitan a plantar árboles en suelos degradados obtienen con frecuencia malos resultados, porque en esos terrenos los hongos asociados han desaparecido. Algunos viveros ya inoculan las raíces de las plántulas con suelo del bosque original antes de trasplantarlas. Proteger lo que no vemos, en suma, puede ser tan decisivo como cuidar lo que sí vemos.

Según el texto, ¿qué aporta el hongo a la planta en la micorriza?
  1. A) Azúcares producidos a partir de la luz solar.
  2. B) Agua y nutrientes poco móviles, como el fósforo.
  3. C) Señales de alerta ante la llegada de plagas.

Respuesta correcta: B)

  1. El segundo párrafo describe la micorriza como un intercambio.
  2. La planta entrega azúcares al hongo, porque este no puede fabricarlos.
  3. El hongo, con sus hifas, absorbe agua y nutrientes poco móviles, como el fósforo, y los transfiere a la planta.
  4. Las «señales de alerta» forman parte de la metáfora popular que el texto pone en duda, no del intercambio comprobado.

Error frecuente: invertir los papeles del intercambio y atribuir al hongo los azúcares que en realidad aporta la planta.

Pregunta 2: Evaluación de la forma y el contenido: función de un ejemplo
Lee el texto y responde la pregunta.

«Manos que remiendan»: una exposición que se queda corta

El Museo de Historia Regional inauguró hace unas semanas «Manos que remiendan», una exposición dedicada a los oficios de reparación: relojería, zapatería, tapicería, compostura de radios y encuadernación. La propuesta llega en buen momento. En una época en que casi todo se sustituye en lugar de arreglarse, recordar que durante generaciones las familias hicieron durar sus objetos parece, además de nostálgico, necesario.

La primera sala es la más lograda. Los curadores reconstruyeron el taller de un relojero con su mesa original, sus lupas, sus pinzas diminutas y un cajón lleno de engranes clasificados en frascos de vidrio. Un video muestra, en tiempo real, cómo se desarma y limpia un reloj de bolsillo; el visitante descubre que el proceso tarda casi tres horas y exige una paciencia que pocos trabajos actuales piden. Las cédulas son breves, claras y evitan el tono solemne que a menudo aleja al público joven.

El problema comienza en las salas siguientes. Los demás oficios aparecen representados casi exclusivamente por herramientas colocadas en vitrinas, sin explicación de cómo se usaban ni de quiénes las usaban. Una horma de zapatero, separada de las manos que la trabajaron, es apenas un trozo de madera curiosa. Se echa de menos la voz de los propios artesanos: bastarían algunos testimonios grabados para que esas piezas recuperaran su sentido. Resulta paradójico que una muestra sobre el trabajo humano termine pareciendo un inventario de objetos.

Tampoco convence el cierre. La última sala presenta un mural con la frase «Reparar es resistir» y una pantalla que invita al visitante a «comprometerse con el consumo responsable». La intención es noble, pero el salto es demasiado brusco: después de un recorrido que apenas explicó el valor económico y social de estos oficios, la consigna suena más a eslogan que a conclusión. Habría sido más eficaz mostrar datos sobre cuántos talleres cerraron en la región o cuántos objetos terminan en la basura por fallas que podrían corregirse.

Con todo, la exposición merece la visita, sobre todo por su primera sala y por el taller sabatino en el que un encuadernador enseña a coser cuadernos a mano, actividad que agota su cupo cada semana. «Manos que remiendan» abre una conversación importante; lástima que, como algunos de los objetos que exhibe, haya quedado a medio arreglar.

¿Para qué menciona el autor la horma de zapatero en el tercer párrafo?
  1. A) Para demostrar que la zapatería es el oficio más antiguo de los que presenta la exposición.
  2. B) Para recomendar que la horma sea trasladada a la primera sala, junto al taller del relojero.
  3. C) Para ilustrar que un objeto separado de quienes lo usaban pierde su sentido ante el visitante.

Respuesta correcta: C)

  1. La horma aparece justo después de criticar las vitrinas sin explicación.
  2. El autor dice que, separada de las manos que la trabajaron, es «apenas un trozo de madera curiosa».
  3. Es un ejemplo concreto que vuelve visible su crítica general: faltan contexto y testimonios.
  4. No compara la antigüedad de los oficios ni propone reubicar piezas.

Error frecuente: pensar que el ejemplo sirve para dar información histórica del oficio, cuando su función es argumentativa.

Encuentra más en preguntas EXANI-II resueltas.

Estrategia

Estrategias para Comprensión Lectora del EXANI-II

Lee primero la pregunta

Así sabes si buscas un dato, una interpretación o una valoración.

Subraya la evidencia

La respuesta correcta siempre se apoya en algo que el texto dice o permite inferir.

Descarta lo que el texto no afirma

El distractor más común agrega información que suena lógica pero no está en el texto.

Cuida el tiempo

Una lectura con varias preguntas: léela una vez con atención y vuelve solo al párrafo que necesitas.

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Preguntas Frecuentes de Comprensión Lectora EXANI-II

¿Cuántas preguntas de comprensión lectora tiene el EXANI-II?

30 reactivos: 12 del ámbito de estudio, 12 del ámbito literario y 6 del ámbito de participación social.

¿Qué lecturas vienen en el EXANI-II?

Artículos de opinión y ensayos académicos, cuentos y poemas, noticias y documentos administrativos como convocatorias o reglamentos.

¿Vienen poemas en el EXANI-II?

Sí. El ámbito literario incluye cuento y poema; te pueden preguntar por el mensaje, el tono o la función de una figura retórica.

¿Cómo mejorar mi comprensión lectora para el EXANI-II?

Lee a diario textos de distintos tipos, identifica la idea principal de cada párrafo y practica con reactivos que te expliquen por qué cada opción es correcta o incorrecta.

¿Las preguntas dependen de lo que sé del tema?

No. Todo se responde con el texto; algunas preguntas de evaluación piden relacionar una idea con algo fuera del texto, pero la base siempre es lo que leíste.

¿El simulador tiene textos completos?

Sí. Cada reactivo muestra la lectura completa, como en el examen, para que practiques también tu velocidad de lectura.

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Estructura y temarios según la Guía para el sustentante vigente del CENEVAL y la página oficial del EXANI-II. Examenes.Lat no está afiliado al CENEVAL; las fechas, sedes y módulos de tu examen los publica tu universidad. Los reactivos de práctica son originales de Examenes.Lat.

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